Cayetano Rodríguez: Un educador entre dos épocas (Celina A. Lértora Mendoza, Conicet- Buenos Aires)

Fray Cayetano Rodríguez ha sido una figura prominente en los primeros tiempos de la patria, debido a su activa participación en los sucesos políticos y culturales que le tocó vivir. Sin embargo no ha tenido la atención historiográfica merecida, ya que son pocos los trabajos de investigación sobre su vida y su obra[1]. Nació en el "Rincón de San Pedro", pequeño poblado fundado hacia 1750 por iniciativa del Dr. Francisco Goycochea, pero sobre todo gracias a la laboriosidad del Convento Franciscano que allí había. Los religiosos tenían aulas de primeras letras, y desde 1805 una cátedra conventual de latín y retórica, que funcionó hasta la reforma de Rivadavia en 1822. En ese marco la ley del 27 de febrero de 1825 destinó el convento para hospicio de educación.

Los padres de Cayetano fueron Antonio Rodríguez y Rafaela Suárez, andaluz y porteña respectivamente. Nuestro biografiado nació en 1761, y es posible que haya cursado sus primeras letras en el Convento Franciscano de San Pedro. Se ignora la fecha en que llegó a Buenos Aires para ingresar en la Orden de los Menores, pero se sabe que en 1777, a los 16 años, tomó hábito de novicio, y que profesó como religioso el 13 de enero de 1778[2]. Se ordenó como sacerdote a la edad legal de 22 años, de mano de José Antonio de San Alberto, el famoso obispo de Córdoba. En función pastoral, fue durante más de veinte años director espiritual de las monjas Catalinas y Clarisas.

Según los datos que avala la autoridad del P. Furlong, dictó clase en Montserrat en 1872 y años más tarde en el Convento de San Francisco de Buenos Aires, ejerciendo la regencia y dictando la Cátedra de Teología de Prima[3]. Se sabe que escribió de puño y letra las lecciones del Curso de Lógica dictado en 1796 y que también tuvo a su cargo cursos de Física y Metafísica. En suma, su permanencia en Córdoba, ya bajo la regencia franciscana, se extiende de 1781 a 1790 y luego pasa a Buenos Aires. Sobre esta labor dice su biógrafo Otero[4]: "La falta de escuelas de humanidades y filosofía que se hiciera notar en Buenos Aires, hasta que el virrey Vértiz fundó el Colegio de San Carlos, llevaba a los amantes de las letras a buscar la luz que no les proporcionaba el otro siglo, en los claustros de Franciscanos, Mercedarios y Dominicos, donde, según el testimonio del citado Dr. Gutiérrez [se refiere a Juan María Gutiérrez] se daban lecciones de aquellas materias y de Teología, por Padres lectores, quienes no siempre fueron tan sabios y tan generosos como Fray Cayetano, que supo inspirar a un tiempo, en el alma de sus discípulos, el amor a la ciencia, el respeto por la religión que él hacía adorable con sus virtudes, y la pasión por la libertad".

Hay que destacar la protección que brindó como maestro a muchos patriotas, a Mariano Moreno, por ejemplo, labor que reconoce su anticlerical hermano Manuel y que se trasunta tanto en su actividad literaria como en su compromiso político y social.

Con respecto a la actividad literaria de Rodríguez, hay que señalar que desde joven fue aficionado a la poesía; se sabe que por encargo de un prelado escribió un poema en octavas (Córdoba, febrero de 1790) sobre María Ojeda, quien perdió a su marido en el levantamiento de Tupac Amarú y tomó el velo en su monasterio de allí. En 1807 escribió un poema con motivo de una resolución municipal de Buenos Aires, que liberó por sorteo público a los esclavos que tomaron parte en la defensa de la ciudad asediada por los ingleses. En esta época compuso también dos piezas de oratoria sagrada: los panegíricos de San Francisco de Asís y Santo Domingo de Guzmán, pronunciados en la Iglesia Franciscana el 4 de octubre de 1797.

Producida la revolución de 1810, escribió numerosas canciones patrias, entre las cuales se considera el mejor "El sueño de Eulalia contado a Flora". En cambio, su oda en homenaje a Alvear, inspirada por la toma de Montevideo (1815) le valió una censura por lo exaltado de los versos[5]. Escribió también una "Canción encomiástica" a San Martín por Chacabuco y Maipú. Una tradición dice que presentó un poema titulado "Himno a la Patria", en concurso con el de Vicente López, ante la Asamblea de 1813. En efecto, la Asamblea encargó a ambos componer un himno, pero es dudoso si Cayetano concurrió al certamen. Otero, a pesar de que ha manejado todos los datos conservados, los considera insuficientes para dirimir la cuestión y se mantiene en la duda[6]. Escribió varios sonetos, como "A una moza pintora", "A una moza muy hablativa", "A la memoria del Dr. Mariano Moreno", "Al Río de la Plata", "A Moldes", etc. Como pieza oratoria de esta época se destaca el elogio fúnebre a Manuel Moreno, en ocasión de sus exequias en Buenos Aires.

También fue muy activa la participación de Rodríguez en los sucesos políticos revolucionarios. Fue uno de los más fervientes partidarios del pronunciamiento de 1810, lanzando un manifiesto donde justifica la revolución en virtud de las vejaciones sufridas por América. El 23 de mayo de 1812, siendo provincial, expidió una circular donde exhortaba a sus súbditos a no perturbar el orden público. En realidad su cargo eclesiástico era dudoso por las circunstancias de su elección. Sucedió que el 23 de noviembre de 1810 la Junta Gubernativa, por la persona de su Secretario Mariano Moreno, concurrió al Convento y solicitó los sellos y demás registros, exigiendo que se celebrara nuevo Capítulo para elegir legalmente Provincial, ya que el Gobierno tenía por nulo el realizado el 25 de mayo de 1810. El Capítulo se reunió el 5 de febrero de 1811 y allí salió electo Fray Cayetano. Aunque esta reunión y la elección misma eran anticanónicas, Rodríguez aceptó el nombramiento. Esta actitud ha dado lugar a diversas críticas y conjeturas, de las que da cumplida cuenta Pacífico Otero[7]. Algunos, como el P. Francisco Castañeda y el Deán Felipe Elortondo y Palacios, dicen que obró presionado por las autoridades civiles. No obstante él mismo hizo tachar lo dictaminado en la segunda sesión del Capítulo del 25 de mayo de 1810, que era legal. Quizás los motivos que veladamente adujeron los miembros del gobierno expliquen esa actitud, sin duda consonante con la postura política del mismo Rodríguez.

Como otros religiosos de su tiempo, y especialmente los Hermanos Menores, Rodríguez no rehusó ocuparse activamente en política. Fue primer Conservador de la Biblioteca Nacional, por nombramiento de la Junta Gubernativa de 1812, cargo que desempeñó hasta 1814. Formó parte de la Asamblea de 1812, disuelta a instancias de Rivadavia (secretario del Triunvirato) a pocos días de instaurada. Por votación popular fue miembro de la Asamblea de 1813, convocada por el Triunvirato surgido de la revolución del 8 de octubre de 1812, la cual le confió el Redactor de la Asamblea. Posteriormente fue miembro del Congreso de Tucumán y en tal carácter es uno de los firmantes del Acta de la Independencia del 9 de julio de 1816, cuya redacción le ha sido atribuida, aunque sin pruebas[8].

En el turbulento período que va desde 1810 hasta su muerte en 1823, las cuestiones de derecho público eclesiástico fueron un quebradero de cabeza para nuestro maestro. Las primeras tensiones se referían a la independencia eclesiástica local; luego advinieron los temas de la reforma rivadaviana. Ambas crisis tuvieron distintos efectos, pero en sus causas estuvieron muy relacionadas. Los inicios de la idea de una reforma se remontan al Capítulo celebrado por los franciscanos el 25 de mayo de 1810. La Asamblea constituyente de 1813 prohibió al Nuncio Apostólico residente en España, ejercer funciones de jurisdicción sobre el Río de la Plata, y se nombró al P. Casimiro Ibarrola como Comisario General[9]. Aunque su autoridad era anticanónica, fue reconocida el 2 de diciembre de 1814 por las comunidades religiosas, en virtud de lo cual dicho Comisario recabó el acatamiento a las autoridades revolucionarias por parte de los religiosos y retiró patentes de confesor a los disidentes. En estos primeros pasos nuestro Fray Cayetano estuvo de acuerdo, como hemos visto.

Pero a partir de 1820 comienza a agitarse el tema de la reforma eclesiástica, promovida por Rivadavia, Martín Rodríguez y Diego Estanislao de Zavaleta, quien siendo Deán de Buenos Aires, fue elegido para el Obispado de Buenos Aires en sede vacante (17 de octubre de 1812) secundando desde entonces a los civiles e incluso regimentando muy severamente la vida interna de las comunidades.

El 13 de diciembre de 1821 el gobierno estableció por decreto que las Casas de los Mercedarios quedarían a cargo de cada presidente de ellas, sin sujeción al Provincial, y serían protegidas por el Gobierno. Otro decreto del 8 de febrero de 1822 incluye a los Franciscanos en las disposiciones del primero. Ambos están firmados por Martín Rodríguez como Gobernador y Rivadavia como Ministro de Gobierno. El 1 de julio de 1822 se suprimió el Convento de la Recoleta, para destinarlo a cementerio. También se estableció la igualdad de pensiones entre los miembros de la conventualidad, determinando que quien estuviese en desacuerdo quedara reducido a clero secular. Protestaron los Dominicos, los Mercedarios y los Betlehemitas, pero los Franciscanos guardaron silencio. Antonio Acevedo, Guardián franciscano, lanzó un manifiesto donde afirma que la igualdad de pensiones es conforme al espíritu franciscano de pobreza, y que la libertad para ser seculares es asunto de cada uno; peor para el que se va, porque en el siglo se sufre más[10].

Sin embargo, Cayetano Rodríguez se lanza a la defensa de los derechos de los religiosos, escribiendo artículos en el periódico Oficial del día. Casi al mismo tiempo que Acevedo da a conocer su manifiesto, Fray Cayetano publica un folleto titulado Justa defensa, donde declara no ser el autor de un panfleto, El religioso imparcial, que circulaba con su nombre, sosteniendo que no es necesario recurrir al papa para la reforma del estado monástico. Al contrario, puntualiza Rodríguez su desacuerdo con tal postura, lo que motiva que El Centinela le atacase unos meses después, recordándole que él mismo había aceptado un nombramiento anticanónico. La última etapa de su vida está marcada por la polémica con ese periódico de orientación rivadaviana, redactado por Juan Cruz Varela. Rodríguez tiene a su lado la defensa de Fray Castañeda, quien lo secunda en la publicación de El Oficial del día. Esta larga polémica concluyó con la sanción de la ley de reforma del clero del 21 de diciembre de 1822. Fray Cayetano murió de apoplejía el 21 de enero de 1823, siendo sepultado en la Recoleta. El Argos le consagra un largo artículo necrológico, pero desde entonces su figura se diluye. El 23 de enero de 1903, como un tardío homenaje, se inaugura su monumento, obra del escultor Joris, en las barrancas del Paraná, en su suelo natal, San Pedro.

La actividad política de Rodríguez y la polémica que llevó consigo, han oscurecido otros aspectos de su vida, e incluso este silenciamiento obstaculiza un juicio adecuado acerca de su pensamiento filosófico y teológico y su labor como docente y educador. Esta es la faceta de su personalidad que interesa destacar. Rodríguez fue sin duda un político, quizá incluso por vocación, pero fue también un hombre de estudio, versado en las letras clásicas y conocedor de los avances científicos de su tiempo. Tradujo y anotó el libro del Abate Bonola Liga de la Teología moderna con la filosofía en daño de la Iglesia de Jesucristo, al que añade un prefacio dedicado al clero americano. Pacífico Otero, que ha podido consultar un ejemplar, transcribe esta frase, síntesis de su postura como clérigo criollo: "El sacerdote debe estar a la mira, estudiar más que nunca la religión, y, como centinela de la Iglesia, velar sobre sus muros; predicar, instruir, discutir y prevenir las celadas que ponen sus enemigos para sorprender sus hijos, y cumplir con el mandato del Señor: clama, ne cesses, quasi tuba exalta vocen tuam"[11].

Como profesor de filosofía se desempeñó con probidad, sencillez y claridad, según resume Furlong los datos que ha podido obtener. Su postura filosófica no se aparta del eclecticismo reinante, con el que comparte ciertas incoherencias y malentendidos; sin embargo, este afán sintetizador tiene por resultado la incorporación de muchas nociones y conocimientos valiosos, que de otro modo hubiesen quedado fuera. Es con este criterio hermenéutico que debemos acercarnos a su obra.

Su producción filosófica es exclusivamente académica, y fruto de su enseñanza en la Universidad de Córdoba y luego en el Convento de Buenos Aires. Dado que fue profesor de un trienio completo, dictó los cursos de Lógica, Física (General y Particular) y Metafísica. El curso de Lógica fue consultado por el P. Furlong, y según él se conservaban dos ejemplares manuscritos, uno en el Convento Franciscano de Buenos Aires, de mano del propio Rodríguez[12] y otro en el de Jujuy. El de Buenos Aires, dictado en 1796, corresponde pues, a su cátedra en esta ciudad.

Del curso de Física General se conservan tres manuscritos: uno de la Biblioteca Central del Colegio del Salvador[13], de Buenos Aires, perteneciente a la Compañía de Jesús[14] copiado por Cayetano José Zavala[15]; otro es de la Biblioteca y Anticuariato del Convento Franciscano de Jujuy[16]. Estos dos códices corresponden a su enseñanza en Córdoba por lo cual presentan pocas variantes redaccionales.

Finalmente, en el Convento Franciscano de Buenos Aires se conserva también un manuscrito de la física particular, cuyo mal estado no ha permitido la consulta; según Furlong fue escrito por el jujeño Juan Ignacio Gortriti, ya que así se lee al final del volumen[17].


Principales aportes de su obra académica

Dado que no he podido consultar el manuscrito de las lecciones de Lógica, me valgo del resumen que presenta el P. Furlong[18] transcribiendo algunos párrafos significativos. Siendo este curso el inicio del trienio, plantea en primer lugar la definición de filosofía, aceptando la de Vicente Tosca: "filosofía es el conocimiento de todas las cosas por sus causas". Continúa con un capítulo donde pregunta si le es lícito a un filósofo cristiano dejar de lado la autoridad de la Iglesia, incluso las naturales, y contesta negativamente. Distingue luego entre lógica natural y lógica artificial, y acerca de ésta (es decir la lógica adquirida con el estudio) prueba que es ciencia en sentido propio y necesaria para la obtención de las otras, conforme a la doctrina aristotélica. A continuación estudia la especie impresa y la especie expresa, es decir, la estructura del conocimiento abstractivo, defendiendo aquí la tradición escolástica. Conforme a la ordenación ya usual de textos, se pregunta luego si podemos tener idea de la nada y de las cosas negativas, sosteniendo que sí, pero por relación a la entidad positiva opuesta, es decir, por negación. En el tema de los universales, luego de mencionar el realismo extremo de los platónicos, se decanta por el conceptualismo aristotélico, pero admitiendo el sentido íntimo (la conciencia refleja) como criterio para la experiencia interior, siguiendo en esto a los escotistas.

La duda cartesiana es tema de un capítulo especial, en el que llega, como era de esperar a la respuesta negativa: la duda metódica en nada ayuda a la obtención de la verdad, sino que ma´s bien lleva al escepticismo.

Otro de los puntos que el P. Furlong rescata de este manuscrito es su teoría del asenso necesario a la conclusión supuesto el asenso a las premisas, por la fuerza del principio de no contradicción. Finalmente, cuando una conclusión se basa en una premisa de fe y otra naturalmente evidente, sostiene Rodríguez que el asentimiento correspondiente no es de fe, sino sólo teológicos.

En cuanto a sus aportes docentes a la Física[19], me atengo, desde luego, al texto conservado de sus lecciones en la Universidad de Córdoba. Luego de un Prólogo, donde se menciona la necesidad y dignidad de los estudios naturales y se divide la Física en General y Particular, se desarrolla la primera parte en ocho libros: 1. Sobre el cuerpo natural en general, sus principios y divisibilidad; 2. El cuerpo natural en cuanto está en un lugar; 3. El cuerpo natural en cuanto móvil, pesado y liviano; 4. El cuerpo natural en cuanto elástico, enrarecido y denso; 5. El cuerpo natural en cuanto sonoro; 6. La luz, el lumen y los colores, así como el cuerpo transparente y opaco; 7. Los sabores y los olores; 8. Lo cálido y lo frío, lo húmedo y lo seco y los dema´s estados sensibles de los cuerpos en relación al tacto. La ordenación de los mismos no responde a ninguno de los manuales más en uso entonces: Brixia, Ferrari, Dupasquier y Jacquier, que además eran preferidos por los franciscanos y diferentes en varios aspectos de los clásicos jesuitas. El contenido de la obra tampoco responde concretamente a ninguno, porque Rodríguez presenta una visión bastante personal de la materia. En cuanto a la orientación general de su pensamiento, es explícitamente antiperipatético y partidario de una explicación más científica y experimental acerca de los problemas naturales. Sin embargo, no se dedica a justificar ciertas opciones teóricas (cercanas a los novatores) desde una tradición escolástica, como por ejemplo hace Dupasquier, apoyándose en Scoto. Tampoco escoge con decisión una teoría científica moderna para estructurar alrededor de ella su curso (como es el caso de Jacquier). Aunque afecto a las teorías científicas, no dedica a la parte teórica y especulativa de los grandes temas de la física, la atención que, por ejemplo, les da Brixia. Y si bien toma muchos de los datos y argumentos de Ferrari, disiente de él en casi todas las conclusiones, ya que el maestro italiano conserva celosamente la tradición peripatética.

Si nos atenemos a la analogía textual, es evidente que una buena parte del contenido de la obra está tomado de Ferrari, aunque casi siempre usa sus argumentos en sentido contrario. Otros datos seguramente los ha tomado de Brixia, ya que la similitud es patente. Es probable que las referencias a investigaciones modernas no recogidas en estos dos manuales provengan de la lectura de la Recreación Filosófica de Almeida, donde también se mencionan obras citadas por Rodríguez. En algunos casos, el mismo profesor da la doble cita, indicándonos a través de que manual u obra divulgativa cita a los científicos. Además de Ferrari y Almeida, ya mencionados, hay citas tomadas de Tosca y de Musschenbroek.

Podemos concluir pues, que de la lectura de al menos estos cinco autores, Rodríguez extractó un contenido que respondía bastante bien al estado de la investigación y discusión científicas, organizándolo en conclusiones de acuerdo a sus particulares adhesiones, y completando las posibles lagunas con recursos redaccionales propios. Sin embargo, las ideas físicas de Rodríguez en muchos puntos eran bastante dubitativas. En conjunto el curso da la impresión de un deseo prescindente ante cuestiones muy debatidas. Este eclecticismo no rinde frutos apreciables, porque la falta de una línea teórica nos hace dudar acerca de la opinión que verdaderamente sustenta. Por ejemplo, aunque reniega del peripatetismo, acepta definir la esencia del cuerpo natural al modo aristotélico; sin embargo, luego toma los conceptos de "materia" y "forma" en el contexto científico atomista gassendista, reconociendo en esta tercera instancia que les da significaciones no aristotélicas. Pero entonces no queda claro en qué sentido puede haber admitido el hilemorfismo. La indecisión frente a las teorías de la luz y del color de Newton es un caso notable[20]. Otro tanto sucede con el tratamiento aristotélico y luego mecanicista de tópicos claves como el lugar, el movimiento, el ímpetu, etc. Resulta así que las afirmaciones tomadas del contexto filosófico aristotélico no se compaginan con las específicamente científicas, aunque unas y otras estén bien expresadas.

En suma, diríamos que lo que le faltó a Rodríguez fue un marco conceptual adecuado en el cual pudiera incorporar didácticamente las teorías modernas que aceptaba en mayor o menor medida. Y esto se confirma si nos atenemos al esfuerzo de ordenar las temáticas de modo coherente con las primeras definiciones, donde ya se advierte su deseo de superar el peripatetismo. Con serias limitaciones epistemológicas y metodológicas, comunes por lo demás a todos los manuales de la época, no es posible articular un curso de física general que incluya sistemáticamente desde la teoría de mayor amplitud hasta las últimas experiencias y sus hipótesis explicativas, sencillamente porque tal estructura teórica no existía, al menos como propuesta académica. El curso que más se acercaba a este ideal era precisamente el de Jacquier, elaborado para presentar académicamente la sistemática teórica newtoniana. Pero por razones que no viene al caso dilucidar, no fue esa la opción de Rodríguez; en la medida en que prefirió una visión más ecléctica -quizá en el intento de que fuera más variada, ilustrativa y comprehensiva- quedó sin soportes estructurales adecuados. No obstante, sería excesivo decir que la obra sea un mero agregado de cuestiones. Hay sí, una articulación a veces bastante lograda; más bien hay que observar por una parte la insuficiencia del conjunto, defecto no imputable a Rodríguez, y por otra, algunas inconsecuencias que sí pudo obviar de manera más aceptable.

Ya dije que la mayoría de los datos fueron tomados de los cinco autores mencionados: Brixia, Ferrari, Almeida, Tosca y Musschenbroek. Por tanto, aunque las citas son muy numerosas, en su mayoría no son -probablemente- de consulta directa. Hay escasas citas bíblicas y religiosas, con excepción de las que corresponden al Apéndice sobre una cuestión de los accidentes absolutos. De los filósofos antiguos, además de Aristóteles (probablemente citado en forma directa) se mencionan Anaxágoras, Epicuro, Pitágoras, Platón, Simplicio y Zenón de Elea. Hay algunas citas directas de Cicerón e indirectas de Lucrecio, Plinio, Plutarco, Quintiliano y Virgilio. Los escritores cristianos más citados son Agustín y Tomás de Aquino; hay referencias a Suárez y a otros Padres (sobre todo en el tema del color moreno, conforme los menciona Feijoo). La mayoría de las citas se refiere a cuestiones, autores y obras científicas, de divulgación o académicas, o bien a tratados filosóficos o teológicos que tengan alguna relación con temas científicos. La larga lista incluye a Abbas de Laute, Almeida, Anaytoile, Arriaga, Francis Bacon, Barrère, Belarmino, Bernouilli, Blondel, Borelli, Boyle, Brixia, Cabeo, Calmet, Campaila, Clarke, Corsini, Conimbricenses, Crivelli, Descartes, Dechales, Digby, Duhamel, Fabri, Ferrari, Galileo, Gassendi, Gravessande, Halley, Hanheman, Heliodoro, Kepler, Kircher, P. Lana, Le Grand, Maignam, Malebranche, Malpighi, Mariotte, Mayr, Musschenbroek, Natal Alexander, Newton, Nollet, Oviedo, P. Pace, Polimerius, Cardenal Ptolomeo, Purchot, Regnault, Rizzetti, Rohault, Saguens, Spondano, Torricelli, Tosca, Tournely y Wolf. Además hay noticias de diversos Concilios, del hereje Wicleff y el papa Martín V, citados a su vez por los argumentantes que Rodríguez menciona.

Si dejamos de lado las referencias incidentales y aquellas que responden sólo a una cuestión muy específica, hemos de decir que la selección de Rodríguez es correcta, ya que logra condensar, en relativamente pocas páginas, el estado de las investigaciones y discusiones de casi todos los temas de física general de acuerdo a las opiniones, experimentos y escritos de sus principales actores.

Un educador entre dos épocas.
Posibilidades y límites de un intento de reforma


Aunque fray Rodríguez enseñó sólo durante la época colonial, es indudable que sus puntos de vista sobre la ciencia y su trasmisión académica trascendían la tradición escolástica en la que sin duda se formó y se acercaban a los que después fueron propios de las primeras reformas criollas. Fray Cayetano ya no participó en ellas, pero su adhesión a las mismas pueda colegirse no sólo de que en cierto modo trabajara en labores conexas, como la dirección de la recientemente creada Biblioteca Nacional, sino por el hecho significativo de que nunca cuestionó las reformas educativas de los "liberales" rivadavianos, incluso cuando contendió con ellos fuertemente por razones religiosas, como se ha visto. Y si bien quienes inauguraron las nuevas épocas educativas en Argentina no lo han mencionado, ha sido un puente entre los logros reformadores de fines del XVIII y la nueva etapa. La generación que formó aprendió con él no solamente algunos aspectos puntuales de la ciencia moderna, sino y sobre todo, me parece, vislumbró cómo se puede ejercer un nuevo talante de pensamiento sin llegar a la heterodoxia o al panfleto. Creo que es esta visión más comprehensiva y no tanto una cuestión curricular puntual, la que determinó el profundo y sostenido cambio realizado en la educación a partir de 1810, que ya no tuvo retrocesos, aunque sí algunos estancamientos posteriores.


[1] Hasta ahora el libro de José Pacífico Otero, Fray Cayetano (Buenos Aires, 1908) sigue siendo el aporte de conjunto más completo y fidedigno.
[2] Cf. José Pacífico Otero, Estudio biográfico sobre Fray Cayetano José Rodríguez y recopilación de sus producciones literarias, Córdoba, La velocidad, 1899, p. 13. Hay una edición posterior: Buenos Aires, Cabaud y Cía, 1908.
[3] Nacimiento y desarrollo de la filosofía en el Río de la Plata, Buenos Aires, ed. Kraft, 1952, p. 227.
[4] Ob. ci. p. 21.
[5] Otero, ob. cit. p. 44.
[6] Ob. cit. p. 47-49.
[7] Ob. cit. p. 60-61.
[8] Cf. A. Caturelli, Historia de la Filosofía en la Argentina. 1600- 2000, Bs. As. Ciudad ARgentina- Universidad del Salvador, p. 161.
[9] Otero, p. 93.
[10] Otero, p. 98-101.
[11] Ob. cit. p. 84.
[12] Su carátula era: Instituciones Philosophicae praecipuae / Philosophiae partes complectentes / Logicam nempe, Metaphysicam / Physicam et Ethicam / ad faciliorem studiosae juventutis lec/tioni máxime commodatae / In methodum redactae a Fratre Caye/tano Ypoho. Rodríguez Sacrae Theologiae, ejusdem facultatis / Primario Profesores, Re/genteque Studiorum, ac /denique / Philosophiae / iterato Moderatore / Inceptae die 12 Mensis Decem/bris, reparatae Salutis /anno 1796.
[13] He dado a conocer estos datos en mi anterior trabajo, La enseñanza de la filosofía en tiempos de la colonia. Análisis de cursos manuscritos, Buenos Aires, FECIC, 1979, p. 242 ss.
[14] Su carátula es la siguiente: Tertia Philosophiae Pars / Nimirum Physica / Quae in rerum naturalium contemplatione / versatur / Juxta recentiorum placita elaborata / a Patre Fratre Caietano Josepho Rodri/guez / Incepta Die quinto Augusto / anni Domini / 1782 / Me audiente Cayetano Jossepho a Za/vala ejusdem Universitatis Colegiique Mon/serratensis minimo alumno / Physica General
[15] Furlong ha investigado los rastros el compilador del Curso, Cayetano José Zavala, de origen salteño, que ingresó al Colegio de Montserrat el 2 de noviembre de 1781 y partió hacia Chuquisaca para ordenarse en octubre de 1788, teniendo fama de virtud y aplicación al estudioNacimiento y desarrollo... cit, p.251, nota 2.
[16] Agradezco al Guardián del Convento, P. Marcelo Cisneros OFM el haberme facilitado la consulta de este documento. Su portada es la siguiente:Tertia Philo/sophiae pars nimirum Phy/sica quae in rerum naturalium / contemplatione versatur. Xta Re/sentiorum placitum, elaborara à Patre / Frate Cajetano Rodríguez, hujus /conduvensis Cathedrae / Moderatore ar/tium Universitatis. Incepta die 3ª men/sis Augusti anni reparatae salutis / millesimi septingentesimi octogesimi /secundi. Me audiente Josefo /Mariano de la Barze/na.
[17] Cf. Furlong, ob. cit. p. 246, su carátula es la siguiente: Secunda Physicae Pars/ Physica Particulares / Quae in Rerum naturalium contmplatione versatus justa Recensiorum placita / Elaborata a P. Fratres Cayetano Jo/sepho Rodríguez.
[18] Ob. cit. p. 246-250
[19] Sobre la filosofía de Rodríguez v. Furlong, Nacimiento y desarrollo... cit, p. 245-256; mis trabajos La enseñanza de la filosofía en tiempos de la colonia. Análisis de cursos manuscritos, cit. p. 241-258, "Física teórica y experimental a fines del s. XVIII: el Curso de Física de Cayetano Rodríguez", Actas de las II Jornadas de Historia del Pensamiento Científico Argentino, Buenos Aires, ed. FEPAI, 1986: 224-233 y "La enseñaza de la Física en el Río de la Plata: tres ejemplos sobre la situación en el s. XVIII", Claustros y Estudiantes. Org. Mariano Peset, Valencia, Universidad de Valencia, 1989: 379-410; Alberto Caturelli. Historia de la filosofía en Córdoba, 1610, 1983, Córdoba, 1992, vol. 1, p. 395-308 y del mismo autor Historiad e la filosofía en la Argentina, 1600-2000, Buenos Aires, Ciudad Argentina y Univ. del Salvador, 2001, p. 161- 165.
[20] Sobre la dubitativa recepción de Newton, v. mi trabajo "Algunos testimonios de la recepción de la física en la época colonial: el problema de la luz", Actas I Jornadas de Historia del Pensamiento Científico Argentino, Buenos Aires, ed. FEPAI, 1982: 91-97